11 de febrero de 2008

La copa narrativa (I)

De un tiempo a esta parte, saber de vinos es un signo de prestigio. Hay que saber de cepas, copas, maridajes (qué palabra espantosa), descriptores y un largo etcétera, que antes sólo estaba reservado a los sommeliers, a los enólogos y a los dueños de las bodegas. Les propongo jugar con estas variables y transformarlas en metáforas de los elementos que conforman un cuento.

Comencemos por la idea. En este punto no hay relato. Todo está en nuestra cabeza. Dependiendo del grado de desarrollo que le hayamos dado, la idea ya nos está hablando de qué materiales se usarán en la obra y por dónde discurrirá, o al menos cuáles son los elementos que la diferenciarán de otras obras de la misma categoría. En el caso del cuento, qué ambientación, qué personajes, de qué se trata el argumento o la anécdota, conflictos, alguna idea de cómo se resuelven, si será un cuento largo o corto, etcétera.

Al igual que la uva, que pertenece a un cepaje en particular y fue criada en determinadas condiciones climáticas y geográficas, en la idea está probablemente el género al cual pertenecerá el cuento (o a qué géneros si hay más de uno, o nos señalará la necesidad de prescindir de las ataduras de los géneros). Y al igual que la uva en el vino, las ideas necesitan ser refinadas, añejadas, exprimidas, decantadas. A menudo la pregunta que el escritor se hace cuando una idea se resiste a transformarse en un cuento decente es: ¿Qué hay que agregar a esta idea para que este cuento funcione? ¿Necesita un tiempo en madera para acentuar ciertos sabores? ¿Convendrá que nuestro cuento termine siendo un “bivarietal”? (Qué proporción de Ciencia Ficción y qué proporción de Policial, por dar un ejemplo.)

Asociado a la idea de cómo procesar la idea, aparece intuitivamente otro concepto: el de estructura narrativa. Estructura es un concepto difícil de aprehender, pero que tal vez se comprenda gráficamente si la comparamos a la copa que contiene el vino y permite su mejor “expresión”. Si la estructura elegida es la de un cuento clásico, por ejemplo, tendremos un suceso único y una mínima cantidad de protagonistas, y habrá una serie (dos o tres) conflictos encadenados. Pero la estructura puede ser mucho más compleja que ésta. Podemos trazar dos historias que se entrecruzan, hasta llegar a una resolución común, o incluso podemos jugar con los tiempos eligiendo en qué momento comenzamos a contar la historia y cómo, aprovechando paralelos y parentescos entre ambas, las paradojas, las interrelaciones sutiles.

La copa en que se sirve el vino es un elemento importante que modifica (mejora) la forma en que el vino es percibido por nuestros sentidos. Es como si la copa no fuera un accesorio: continente y contenido se integran para potenciar la experiencia. La estructura del cuento cumple funciones similares: es importante qué contamos, pero también cómo lo contamos para lograr un mejor efecto en el lector.

A veces, esa estructura surge intuitivamente: empezamos por el final, o contamos linealmente con algunos flashbacks que apoyen determinadas escenas, o descomponemos la historia de tal forma que el lector tenga que armar el rompecabezas para que el cuadro completo al final produzca una determinada impresión. ¿Esconderemos (o sugeriremos) piezas para que el lector las deduzca por sí mismo? ¿Cuál será el punto de entrada del lector a nuestro relato? ¿Qué “aromas” les permitiremos apreciar a través del título del cuento y de la frase-gancho del primer párrafo (en caso de usar este recurso)?

Por supuesto, la metáfora no se agota en estas apreciaciones, que por otra parte sólo pretenden lanzar el tema.

1 comentario:

INFOTECA-WEB dijo...

Escribir narrativa de ficción siempre es una pulsión irresistible pero me suele pasar que a pesar de tener ideas, conceptos, curiosidades científicas y/o paradojas lógicas que me gustaría desarrollar, luego me encuentro trabado cuando pienso “como contarlo” , me siento muy limitado en cuanto a personajes, las pocas cosas que considero rescatables de lo que he escrito cuentan con un único protagonista y con algún que otro testigo y/o narrador .

Soy adorador de los cuentos cortos de la edad de oro de la ciencia ficción, en sus comienzos donde la historia era accesoria y lo importante era la idea o concepto científico a comunicar, eso seguramente me acostumbro a los personajes bidimensionales, simples sin pasado o futuro.

Estamos hablando del clásico científico loco o del muchachito astronauta o del ayudante/conejillo de indias del profesor chiflado, o del portero de la estación espacial, personajes sin familia, sin grandes amores (exceptuando una muchachita tímida e inalcanzable) y sin grandes conflictos.

No puedo escribir un cuento asi en pleno siglo 21, necesito personajes con mas sustancia, alguna sugerencia??