7 de agosto de 2009

Ficción: Planeta Argento

Los arqueocriptógrafos aseguran que en los registros de las cincuenta naves generacionales hay vagas referencias a una Tierra y a un estado conquistador que prevaleció sobre los demás. Los registros también sugieren que hubo una opción de exilio e independencia que los conquistadores ofrecieron a los conquistados. Un exilio estelar.

Los abuelos de nuestros abuelos aceptaron esa oferta. Construyeron naves, les pusieron nombres como Río
de la Plata, Mendoza, Caleuche, Favaloro, La Docta, Valderrama, Uqbar, La Ricotera, Maradó, Virgen de Itatí, Mafalda, Namuncurá, Santa Evita, Rosario, Sui Generis, G-Tango, El Che, El Eternauta, Sur…

Atravesaron cientos o tal vez miles de años luz a velocidades relativistas. Llegaron a este lugar y fundaron las nuevas ciudades.

Nadie sabe cómo fue el viaje. Las realidades neurovirtuales y las periódicas reclusiones criogénicas fracturaron las memorias electrónicas y biológicas. La tradición oral se encargó de borronear lo demás.

Pero los sobrevivientes conservaron su idiosincrasia. Ya es algo.

En la vieja Tierra, este mundo era sólo un bizarro código alfanumérico. Aquí le decimos
Planeta Argento.


Don Isidro y las pulgas
(Nueva Rosario – Protoverano del año 210 de la Era Planetaria)

No sé cómo llegué al service. Cuando desperté, el tordomec ya estaba revisándome el pie con el escáner de mano.
—¿Qué te pasó? —me preguntó con esa amabilidad falluta que tienen los tordomecs. Se llamaba Galíndez. Era bajito y pelado, pero así y todo parecía demasiado joven. Un pasante.
Los services estaban llenos de pasantes con poca o ninguna experiencia.
—No me acuerdo, hermano —le dije—. ¿Quién me trajo?
—¿Estabas cazando zancudos en la inundación? —insistió con aire paternal.
Estuve a punto de escupirle una excusa. ¿Qué carajo le importaba a él lo que yo estuviera haciendo en la inundación?
—Sí —admití—. Estaba cazando.
—Esto no es la Tierra. —En su boca de tordomec la frase hecha parecía recién acuñada—. Te arriesgaste mucho al salir del domo urbano. Con todos esos bichos sueltos…
—Sí, son fieros los zancudos. No sé cómo carajo hacen para caminar tan ligero con las cinco patas, pero cuando se juntan varios…
—Metiste el pie en una buchaca y tropezaste —aclaró—. Te fisuraste un dedo. Los bichos te cayeron encima y te envenenaron. Por suerte sólo dos aguijones traspasaron el traje. Tuviste suerte, Isidro. ¿Puedo llamarte Isidro? —Dejó de lado la sonrisa—. Te encontraron unos vizcacheros de la zona.
—En este planeta no hay vizcachas —repliqué. ¿Por quién me tomaba?—. Las vizcachas se quedaron en la Tierra.
—No hablo de esas vizcachas, Isidro.
Un bicho más para comer, pensé. Todos los días se aprende algo nuevo.
—¿Voy a estar bien? —pregunté.
—Sí, ya te purgamos el veneno. Ahora te voy a acomodar los huesos y te los voy a reparar.
El tordomec sonrió. No sé qué tenía de gracioso. Me dio una inyección que me alivió un poco el dolor. Pobre, a lo mejor sólo trataba de ser amable y ganarse el mango.
Después de retorcerme el dedo por un buen rato y pasarme varias veces el escáner, apoyó su maletín sobre mi pierna sana, lo abrió y sacó una pistola.
—Esperáte un cachito, hermano. ¿Qué me vas a hacer? —pregunté alarmado.
—¡No se asuste, amigo! Es una hipodérmica.
—Es la primera vez que me rompo el pie —me disculpé.
—Está fisurado nomás —dijo Galíndez—. Las nanopulgas te lo arreglan en un periquete.
Metió la mano en un estuche de cuero y sacó una ampolla plástica. “Geninfor Viric STD12”, decía. Debe haber visto mi cara de susto, porque empezó a explicarme:
—Programamos las nanopulgas usando un virus tallador. Las instrucciones están en el código genético redundante de las nanopulgas. El virus modifica la posición de las proteínas del código redundante y de esa forma les decimos a qué parte del cuerpo tienen que ir o qué procesos tienen que estimular para regenerar el tejido y sellar la fisura.
—Pasámelo en limpio, hermano. No entendí nada.
Galíndez me ignoró. Sacó otro frasco del maletín y lo abrió. Tenía una jalea oscura que apestaba a grasa grafitada. Separó un poco de gel con una cuchara diminuta.
—Acá van las nanopulgas —dijo. Metió la cuchara en un hueco de la pistola hipodérmica. Me quitó la ampolla y la insertó en un orificio cerca del gatillo—. La ampolla contiene los virus talladores.
Tecleó algo sobre el panel que el arma tenía en la culata.
—Listo, amigo —dijo, pero de pronto cambió de opinión—. Dejáme revisar algo…
Sin soltar la hipodérmica, tomó un handheld que tenía el logo del service y leyó con atención el display. Frunció el ceño, y adiviné unas gotitas de sudor en el cráneo lustroso.
Parecía contrariado.
—¿Va a doler? —pregunté.
Galíndez apoyó la pistola en el maletín.
—Y… sí —suspiró—. Te va a doler: acá dice que los accidentes fuera del domo no tienen cobertura. ¿Cómo pensás pagar el service?


Memorias del piquete
(Palermo Retro – Tercer invierno del 214 e.p.)

Don Isidro apoyó el vaso de quematripa en el mostrador del bar y le pidió al sistema de confort que le mostrara el periódico del día. La superficie del mostrador cambió su apariencia: del marrón veteado y lustroso del roble pasó al blanco sucio de las páginas del diario. Una camarita disimulada en el apoyavasos enfocó el rostro de Don Isidro. Era un chiste: ningún parroquiano había usado jamás un apoyavasos. Así, el sistema experto pudo reconocer a Don Isidro y los bots buscaron sólo los titulares que coincidían con ese perfil de lector.
El tipo de al lado se acercó un poco y leyó en voz alta el pie de una foto.
Los cesanteados del sector público desvían el tránsito de la autovía nueve.
El desconocido podría haber pedido su propio diario, venía con la bebida. Don Isidro supuso que el repentino interés por las noticias sólo era una excusa para desembuchar algún entripado. Se lo veía triste.
El tipo tenía más de cuarenta, era alto y bien parecido. Vestía un traje caro de casimir gris, sin solapas ni bolsillos, al estilo de los gerentes de banco. Leía fluida y musicalmente, cosa que a Don Isidro le llamó la atención. Parecía engolosinado con su propia voz, y un poco borracho también.
La actividad pública se redujo en un cuarenta por ciento.
—Tendrían que salir a buscarse la comida, como hago yo —protestó Don Isidro.
El ejecutivo se irguió, molesto por la interrupción. El cazador de zancudos le sostuvo la mirada.
—Es mi diario, son mis opiniones —desafió Don Isidro.
—Brindo por eso —dijo el tipo bajando la mirada y levantando el porrón de cerveza. Don Isidro percibió el aroma. Era cerveza de verdad.
—¿No le parece? —insistió el cazador.
—No sé. No me gustaría quedarme sin trabajo. Pero sí me gustaría que buscaran otra forma de protestar, que no molestaran a la gente que trabaja.
—Y a usted, ¿en qué lo joden? —preguntó Don Isidro.
De alguna manera, el tipo había hecho que Don Isidro cambiara de vereda: ahora estaba defendiendo a los piqueteros. Se mordió la lengua.
—Me joden —respondió el ejecutivo—, no vaya a creer. No me dejan pensar.
—No lo dejan pensar —repitió el cazador con sorna.
Pidió otro quematripa y pasó las páginas del diario sin mayor interés.
La columna piquetera de los tequis y los inges avanza hacia Plaza de Mayo para solidarizarse con los cesanteados —leyó el tipo—. ¡Los muy podridos!
—¿Cómo es eso de que no lo dejan pensar?
El tipo apoyó el índice en la sien derecha.
—Están ahí. Cada vez que pienso, cada vez que trato de recordar, es como si escuchara ruido blanco. No puedo.
—¡Aflojá con las anfetas, hermano! Te comen el coco…
El tipo se levantó el cabello detrás de la oreja, y le mostró a Don Isidro la interfaz neural y la pequeña antena que facilitaba la transferencia inalámbrica de información.
—Los miembros del directorio guardamos la memoria operativa en el data center del banco. Es una práctica de rutina. Usted no puede disfrutar de sus hijos si cada vez que los mira está pensando que el índice Lavagna bajó un seis por ciento.
—A mí me parece que es una imposición del banco —objetó Don Isidro.
—Sí, claro —admitió el ejecutivo—. Una forma de controlar la información. Si me pasara algo…
—Dios no lo permita…
—…o si renunciara, ellos podrían recuperar los datos. —El tipo sonrió—. Pero eso no es lo que le decimos a nuestras familias.
—Claro.
—Algunos, incluso, swapeamos.
—¿Lo qué?
El hombre se puso de pie y avanzó un paso para acodarse más cerca de Don Isidro. El taburete lo siguió.
—Tampoco queremos que los problemas familiares influyan en nuestro trabajo —explicó en voz baja—, así que intercambiamos memorias operativas. Cuando estamos en casa somos amorosos padres de familia, y al entrar en la oficina nos transformamos en gerentes de primera.
—Hijos de puta profesionales —replicó Don Isidro.
—Hacemos lo que tenemos que hacer. Lo quisiera ver a usted en mis zapatos.
Don Isidro asintió. Sabía que se hacían esas cosas.
El gerente extrajo un cigarrillo, pero Don Isidro le mostró el cartelito de la esquina del mostrador: “Cuide el oxígeno, no fume”.
—¿Tiene hijos? —preguntó el gerente, guardando el cigarrillo.
—No, vivo solo. ¿Usted?
—No sé.
Don Isidro se volvió. El gerente sacó un pañuelo y se secó una lágrima.
—Ya le dije, esos piqueteros no me dejan pensar. Trabajo en un banco público, ¿sabe? Los tipos se instalaron en el data center del banco y apagaron los sistemas de MemOp hasta que el conflicto se termine. No tengo memoria operativa.
El gerente guardó el pañuelo.
—Es más, creo que están metiendo basura para confundirnos, ruido nemónico. —Se llevó el dedo a la sien—. Están ahí, bloqueando los caminos neurales que me permiten recuperar mis memorias familiares. Hace tres días que soy gerente. No doy más.
Don Isidro le apoyó la mano en el hombro.
—Váyase a casa, hombre.
—¿Y que me vean así? —El gerente apretó el puño para golpear el mostrador, pero se contuvo—. Ni siquiera sé quién me espera. Imagínese, hoy podría ser el aniversario de casamiento con mi mujer, o el cumpleaños de mi hijo… o de mi hija. ¡Yo qué sé!
Don Isidro apagó el diario digital y pulsó algunos comandos sobre el mostrador. Apoyó una tarjeta plástica en la superficie lustrosa y el sistema se cobró los quematripas.
—Que te sea leve, hermano.
El hombre siguió hablando, estaba más allá del bien y de mal.
—No me quieren. ¡Qué me van a querer! Quieren al padre de familia. Los gerentes de banco no tenemos familia…


Don Isidro salva el día
(Peatonal Crucero Gral. Belgrano – Antiprimavera del 216 e.p.)

No sé de dónde salieron. Estaban ahí, acosando a los peatones para que donaran sus calcetines. El más simpático era bajito y rubio, sucio por donde se lo mirara: un pícaro de esos que imitan presidentes históricos en la vía publica para ganarse el mango. El otro era flaco y pelado, salvo por la cresta de gallo y las plumas verdes que se había implantado en la nuca: un signo tribal.
—¡Vamos, don! —me insistió el rubio—. Si se anota lo dejamos jugar.
¿Jugar?
Antes de que me diera cuenta le había entregado las medias. Había algo en la voz del rubio. Hablaba con una cadencia subliminal, que rebotaba en su sonrisa compradora —un muestrario de complicidades infantiles y dientes manchados de nicotina— y surgía luego en la mirada salvaje de sus ojos claros. Era como el eco de una invitación: mi mejor amigo, treinta y seis años antes, me rescataba del tedio a la hora de la siesta.
No fui el único. En poco rato habían conseguido una docena de voluntarios, todos en patas como yo. Embolsaron los calcetines, unos dentro de los otros, hasta armar una pelota.
Algunos caminantes se desviaron para ver el espectáculo. El rubio, que sostenía la pelota como un trofeo, apoyó el talón derecho por delante del pie izquierdo y gritó: ¡Pan! El otro se le puso enfrente, a unos metros nomás, y lo imitó gritando ¡Queso!
Se acercaron progresivamente y, al final, el flaco de las plumas verdes terminó pisando el pie del rubio.
—Elijo al delivery-mutante —dijo.
—Pero si toca la pelota con las alas le cobramos mano, ¿eh? —protestó el rubio—. Elijo al cazador.
Di un paso al frente.
—La mujer-gato —dijo el plumas verdes.
—El del brazo robot.
—El kiosquero.
—El murciélago cantarín.
—¡Pero ese tipo está ciego! —protestó el plumas verdes.
El rubio sonrió pícaramente. Avanzó hacia el murciélago y le lanzó la pelota. Las orejas del murciélago se orientaron hacia el rubio. Atajó la pelota con una asombrosa economía de movimientos. En toda la maniobra no dejó de chillar, o cantar… o rezar, quién sabe.
—Quiero que sea mi arquero —dijo el rubio.
—Bueno, pero no se vale aturdir al contrincante con ese chillido —advirtió el plumas verdes.
El murciélago dejó la pelota en el piso.
—Está bien —dijo—. Pero mi novio también aportó sus calcetines. Él canta en baja frec…
—No, señor —interrumpió el plumas verdes—. El topito tenor juega para nosotros. Yo también necesito un arquero.
—Vale —intervino el rubio—. Elijo la Barby.
—El clon trucho de Maradona.
Le tocaba una vez más al rubio, pero algo pasaba. Los curiosos del fondo comenzaron a inquietarse. Pude ver el transporte celular de la guardia metropolitana y seis o siete uniformados avanzando entre la multitud. Iban armados con bastones sónicos y escudos de fibra de aluminio.
—¡Despejen! —decía con aire despectivo el que iba al frente—. Despejen la zona.
Los dos muchachos se volvieron hacia el uniformado. Bajaron la mirada, aflojaron los hombros. El murciélago comenzó a desmadejar al tanteo la pelota.
—Elijo al comandante —grité.
Todos me miraron. Después encararon al uniformado.
—¿Me están invitando a jugar? —preguntó el comandante con incredulidad.
—Claro —respondí—. Media horita, nomás. Para aflojar las tabas y hacer unos goles.
El uniformado se volvió hacia su lugarteniente.
—¡Vamos, jefe! ¡Anímese! —dijo el otro—. Yo levanto las apuestas.
—Está bien, está bien. Que no se diga que los agentes del orden arrugamos al primer desafío.
El rubio tomó la pelota y se la presentó al comandante. Pude adivinar la sonrisa, esa mirada enérgica y cristalina. Todos oyeron su invitación.
—Pero antes, jefe, préstenos las medias.
El comandante frunció el ceño. Tanteó el bastón y comenzó a sacarlo.
Lo dejó en el piso. Se desabrochó el chaleco, entregó la cartuchera y el arma a uno de los guardias. Empezó a sacarse las botas.
—Después de todo —admitió con una sonrisa—, tengo que jugar descalzo.


Alejandro Alonso, 2004.
Una versión temprana de estos cuentos apareció en El Planeta Urbano n°75 (mayo, 2004).

4 comentarios:

Martín Cagliani dijo...

Muy buenos! :)

Alejandro Alonso dijo...

Fueron cuentos por encargo, con una serie de pautas específicas. Eso no siempre resulta bien. Pero al final me gustó el personaje de Don Isidro. No sé qué le habrá parecido a los lectores de _Planeta Urbano_, porque no me llamaron más ;-)

axxonita dijo...

Me acuerdo del original a doble página en Planeta Urbano (si no recuerdo mal, una modelito vestida de blanco y armada ocupaba un buen espacio).
Me gustan, pero me parece que el blog no es el mejor lugar para publicarlos, habiendo otros espacios.

Alejandro Alonso dijo...

Estoy chocho con haberlo publicado aquí.